Analizar cómo se conforma y consolida una alianza de clase dominante en la Argentina, así como las características más sobresalientes de la misma, es el objetivo central de este artículo. Se trata de una temática que si bien ha sido abordada, generalmente en forma indirecta, por estudios construidos desde campos disciplinarios distintos y con ópticas también disímiles, no se ha visto de manera alguna agotada. Subsisten interrogantes y problemas, sobre todo de naturaleza sociológica, a nuestro juicio ineludibles si se quiere avanzar en este campo.
Nuestra tesis central es que desde mediados del siglo XIX tiene lugar una serie de transformaciones económicas y políticas que concurren a la emergencia y afirmación de una alianza de clase dominante o bloque en el poder en cuyo seno la burguesía terrateniente tiene una posición hegemónica frente a las otras fracciones de la burguesía.
Cuando hablamos de fracciones es para señalar los subgrupos en los que puede descomponerse una clase de acuerdo con diferenciaciones económicas importantes. Por tanto, las fracciones implican lugares diferentes en el proceso mismo de acumulación del capital[1]. Esta distinción resulta crucial tanto para el análisis de la composición de la clase dominante como para el estudio de sus contradicciones internas ya que algunos autores piensan a la clase dominante como compuesta sólo por una de sus fracciones (la burguesía terrateniente, por ejemplo) colocando a las otras fracciones de la burguesía como parte de las clases dominadas mientras que otros piensan a la clase dominante o “elite dominante” como un bloque sin fisuras internas. Por su parte, con el término hegemonía hacemos referencia a la fracción que se constituye en el elemento dominante del bloque en el poder.
Pero hay algo más. Cuando decimos bloque en el poder o alianza de clase dominante estamos significando que la alianza dominante no se constituye exclusivamente en virtud del lugar que tiene en las relaciones económicas sino también por el que ocupa en el terreno por excelencia de las luchas políticas, el Estado. Para ser exactos con las definiciones, el concepto de bloque en el poder o alianza de clase dominante designa la unidad contradictoria de fracciones y capas de clase económica, política e ideológicamente dominantes.
Volvamos a nuestra tesis para desarrollarla. Los procesos de concentración de la propiedad de las tierras productivas, de configuración de una forma de acumulación agraria y exportadora (producto a su vez de los cambios que tienen lugar a fines del siglo XIX en la expansión de las relaciones capitalistas a nivel mundial) y de consolidación del Estado nacional son los que, según nuestro análisis, producen en su conjunción la constitución y afianzamiento de una clase dominante[2] caracterizada por la hegemonía de la burguesía terrateniente.
La existencia de grandes extensiones de tierras fértiles en la región pampeana
En el período previo a la consolidación de la forma de acumulación agraria-exportadora son la producción ganadera y la actividad comercial ligadas al puerto de Buenos Aires las que inician la acumulación de capital en el Litoral[3].
En efecto, entre fines del siglo XVIII y 860 se dan algunas condiciones que favorecen cierto desarrollo de la producción ganadera. La abundancia en la zona pampeana de tierras fértiles que casi no requieren la contratación de fuerza de trabajo, la liberación del monopolio comercial español, la baja complejidad de la ganadería (la cría, matanza y faena de ganado pueden realizarse con elementos técnicos precarios y escasa organización) y la moderada expansión de la demanda mundial (el incipiente proceso de industrialización de las potencias europeas estimula el comercio mundial de productos tales como las lanas y los cueros al tiempo que crece la demanda de tasajo para el consumo de la mano de obra esclava en Estados Unidos y Brasil) son los factores que permiten la primera expansión ganadera[4].
Dicha expansión hace que la ocupación por el indio de la mayor parte de las tierras se torne problemática. Mientras que para las actividades ganaderas orientadas a una exportación muy limitada o al consumo interno y basadas en la caza a campo abierto (predominantes hasta aproximadamente 750) la imposibilidad de expandir la apropiación territorial no es un obstáculo serio, el agotamiento progresivo de la hacienda cimarrona y el desarrollo de la exportación de cueros conducen a la emergencia del rodeo como forma básica de crianza de la hacienda y hacen necesaria la posesión efectiva de las tierras. Es así que la consolidación de la estancia como forma de organización del trabajo empuja simultáneamente a la expansión de la frontera y a la apropiación privada de la tierra.
Pero no es sino a través de la acción de políticas estatales específicas que dichas expansión y apropiación privada tienen lugar. En otras palabras, la acción estatal juega un papel principal en la configuración de los grandes latifundios y, de esta forma, en la constitución de un conjunto de grandes propietarios territoriales.
Efectivamente, desde 822 las políticas estatales de enajenación de las tierras públicas, sobre todo las llevadas adelante por el gobierno de Buenos Aires, conducen a la rápida concentración de las mismas en pocas manos. El régimen de enfiteusis rivadaviano es el punto de partida de esa concentración. Éste da al Estado el dominio de la tierra no escriturada (es decir, la mayor parte del campo argentino) prohibiendo por decreto todas las donaciones o ventas de la misma hasta tanto no se cuente con una ley que regule esas transferencias. Tal política tiene como propósito declarado poblar la campaña y asegurar un régimen agrario de pequeños burgueses. Pero esto no sucede. Como la ley no limita la superficie de tierra que cada solicitante puede obtener, los ganaderos, comerciantes e inversores extranjeros de la época son los más grandes enfiteutas[5].
La ley de enfiteusis viene entonces a permitir el proceso de enajenación de las tierras fiscales y marca el nacimiento de los grandes terratenientes. En 828, ya disuelto el gobierno nacional, la legislatura provincial de Buenos Aires dispone el arrendamiento de tierras para pastura y cultivo de las que se benefician apenas unos 538 arrendatarios[6]. En la época de Rosas el mecanismo de apropiación territorial alcanza grandes dimensiones ya que toda una serie de leyes propicia la venta de tierra fiscales. En 836 se promulga una ley que ordena la venta de 500 leguas de tierras fiscales estableciendo además que sólo podían ser compradas por los enfiteutas, es decir, por los que ya arriendan las tierras (éstos no están obligados a comprarlas pero se ven favorecidos si lo hacen porque la ley aumenta al mismo tiempo el alquiler de las tierras no vendidas)[7]. En 838, merced a una ley similar, un buen número de tierras arrendadas queda en manos privadas. No es extraño entonces que en 840 293 familias posean 436 leguas de tierra de la provincia de Buenos Aires[8], esto es, 27650, 24 hectáreas. Todas las tierras vendidas están situadas en las mejores zonas de la provincia y constituyen grandes parcelas.

Entre ese período y 867, cuando el régimen de enfiteusis es anulado, se dictan más leyes y decretos que favorecen la adjudicación de tierras fiscales. La ley de arrendamiento de 857 es ejemplar: permite alquilar las tierras que aún quedan en poder del Estado defendidas por la ley de Rivadavia al tiempo que establece la entrega de tierras libre de pagos de arrendamiento más allá de la línea de frontera. Finalmente, la ley de 867 prohíbe directamente la renovación de los contratos de arrendamiento y ordena la venta de todas las tierras arrendadas en virtud de la ley de 857 dando prioridad nuevamente a los arrendatarios ya existentes. A esto se deben sumar las múltiples leyes y decretos que autorizan a diferentes municipios de Buenos Aires a vender tierras de propiedad pública[9].
El proceso descrito de adjudicación de tierras fiscales se ve reforzado por la entrega de tierras como forma de pago a los militares de la guerra de la independencia y de los conflictos civiles, las cuales casi inmediatamente son enajenadas.
En el momento que la denominada “campaña al desierto” de Roca de 879 señala la derrota del indio ya está prácticamente consumado el proceso de apropiación privada de las tierras más fértiles de la región pampeana. A las expropiaciones ya mencionadas se agregan las tierras entregadas a los militares de la lucha contra el indio, rápidamente vendidas a los propietarios existentes, y las ventas a través de subastas de grandes extensiones disponibles tras la campaña al desierto.
Es así que cuando la exportación de capitales y el incremento de la demanda de alimentos por parte de los mercados consumidores europeos comienzan a ejercer su influencia, existen en la Argentina campos localizados en la zona templada, cuya propiedad está concentrada, que ofrecen condiciones óptimas para la producción agraria. Prácticamente no requieren de empleo de abono y los ganados pueden pastar al aire libre gracias al clima benigno. Una característica particular de la pampa húmeda va a determinar la abundante rentabilidad de los campos propiedad de los terratenientes argentinos. Monopolio de la propiedad a su vez posibilitado tanto por las múltiples acciones estatales que tienen lugar desde principios del siglo XIX como por la existencia de una incipiente acumulación de capital alrededor del comercio portuario y la ganadería.
La plena incorporación de la Argentina al mercado mundial y la consolidación de un proceso de acumulación del capital basado en la renta agraria
A fines del siglo XIX el desarrollo de la industrialización en Europa y en especial en Gran Bretaña[10], que hasta la primera guerra mundial ejerce un rol hegemónico en el sistema mundial capitalista, se traduce en una importante exportación de capitales, en la apertura de nuevos mercados para la colocación de las exportaciones, en una creciente demanda de alimentos y materias primas y en desplazamientos migratorios (el proceso industrial de los países europeos libera una enorme masa de trabajadores en condiciones de emigrar a países poco poblados).
Si en un primer momento las exportaciones de manufacturas y de capitales ingleses se dirigen principalmente a Europa y Estados Unidos, pronto comienzan a orientarse a nuevas áreas. En efecto, entre 870 y 913 las exportaciones inglesas al resto de Europa y a Estados Unidos decrecen en más de un 8% mientras se incrementan en igual medida las que tienen como destino los países periféricos[11]. Al mismo tiempo, las importaciones de materias primas y alimentos desde Estados Unidos y los países europeos son progresivamente reemplazadas por las de las nuevas áreas de interés. Al acelerar la incorporación al mercado mundial de nuevos países proveedores como la Argentina, Gran Bretaña suple a su antigua colonia, Estados Unidos, en el mismo momento en que éste (superada la guerra civil) profundiza su industrialización y expande su mercado interno.
El incremento de las exportaciones manufacturadas hacia los países nuevos da lugar a una intensificación del comercio bilateral, acompañado por el crecimiento vertiginoso de las transacciones internacionales que es un signo de estos tiempos: entre 870 y 914 se cuadruplican[12].
El mismo proceso se da en lo tocante a las exportaciones de capital[13]: mientras que hacia 850 Estados Unidos y Europa son los preferidos por los capitales británicos, en 890 son los países de escasa población y significativos recursos naturales (Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Sud África y América Latina) los que concentran la mayor parte de las inversiones de ese país, las cuales adoptan principalmente la forma de créditos gubernamentales y empresas ferroviarias.
Ese proceso de exportación de capitales concurre a la profundización del desarrollo industrial en el centro mediante la incorporación a la economía mundial de nuevas economías productoras de alimentos y materias primas a bajo costo.
La integración de la Argentina en el mercado mundial como exportadora de materias primas y alimentos e importadora de productos industrializados es así producto, en el plano internacional, de las necesidades de las burguesías de los países centrales que cuentan con una creciente disponibilidad de capitales. En concreto, requieren mayores beneficios para esos excedentes[14], la apertura de nuevos mercados para la exportación de productos manufacturados y el abastecimiento de alimentos baratos que les permita incrementar la plusvalía por la vía de la reducción del valor de la reproducción de la fuerza de trabajo.
Para la burguesía británica la ecuación con Argentina no puede ser más ventajosa: coloca los saldos exportables de su producción industrial en su mercado interno, recibe dividendos e intereses por sus inversiones de capital (lo cual, obviamente, acrecienta su capital) y adquiere materias primas y alimentos a bajo precio que le permiten, a su vez, incrementar su exportación de productos industriales.
En síntesis, el acoplamiento de los procesos internacionales de aumento de la demanda de alimentos, de exportación de capitales, de caída de los fletes (producto de las innovaciones tecnológicas) y de exceso de mano de obra en los países europeos con la potencialidad de las tierras de la pampa húmeda para la producción de carnes y granos conducen al crecimiento incesante de las producciones agropecuarias una vez que éstas se orientan a la exportación.
Las sucesivas apropiaciones de tierra llevadas a cabo en las décadas anteriores adquieren ahora trascendencia económica al tiempo que la expansión de la línea de frontera, el avance del ferrocarril[15] (que reduce los costos internos de transporte), la creciente inmigración (que soluciona el problema de la escasez de manos de obra) y las mejoras técnicas permiten el ingreso de nuevas tierras a la producción.
La incorporación de la Argentina al mercado mundial combinada con la propiedad monopólica de grandes extensiones de tierras fértiles, va a permitir la captación de una renta agraria a nivel internacional[16] que resulta de la diferencia entre la cantidad de trabajo empleada en la producción de la mercancía exportada y la que se utiliza para la producción de una cantidad equivalente en el centro.
En efecto, Arceo demuestra que la productividad del trabajo agrario en los países nuevos es cuatro veces mayor que en Inglaterra. Tal diferencia se debe a una serie de causas, algunas de las cuales ya hemos mencionado: la ubicación y fertilidad de las tierras (en los países nuevos se han acumulado durante milenios nutrientes mientras que en Europa las tierras ya han sido sometidas a la explotación agrícola por siglos); el descenso en los costos de transporte; el incipiente proceso de ocupación del suelo que hace que exista una extensión de tierra sustancialmente mayor para cada unidad de capital invertida en el agro (obteniéndose por consiguiente, en tierras de calidades similares, mayores rendimientos por hombre ocupado que en el centro); el hecho de que el ganado se alimente por sí mismo en praderas en su mayor parte naturales (mientras que en Europa el ganado se cría en establos); la prescindencia por parte de la agricultura del uso de fertilizantes y de rotaciones (al tiempo que la agricultura europea se basa en rotaciones para la restitución de la fertilidad del suelo y la alimentación del ganado, así como en el empleo de grandes cantidades de abono y fertilizantes).
Ahora bien, el empleo de una menor cantidad de trabajo por unidad de producto agrario se traduce en una renta a escala internacional porque la unidad de trabajo empleada en Argentina aparece como equivalente a la invertida en el centro. La apertura del mercado interior del centro a la producción agraria de nuevas regiones hasta entonces escasamente pobladas produce el abaratamiento de los alimentos y la caída de la renta agraria al tiempo que un notorio incremento de las exportaciones industriales hace factible la potenciación del trabajo en la periferia. “El trabajo de ésta, más productivo, se presenta en el mercado mundial como un trabajo más intensivo que concentra en un menor lapso de tiempo una mayor cantidad de trabajo socialmente necesario”[17].
Esa renta agraria internacional constituye un tributo impuesto por los que monopolizan el territorio de la periferia (esto es, por quienes controlan un recurso natural limitado y no reproducible) al conjunto del capital del centro.
“Resulta no sólo de la inexistencia en el centro de tierras de calidad similar a la del país nuevo, sino también y fundamentalmente del hecho de que el capital del centro no puede –en razón de la barrera que erige la estructura del trabajo agrario a la movilidad internacional del capital- explotar directamente el suelo del país nuevo”[18].
Pero la renta lograda a partir de la exportación de la producción agropecuaria pampeana en condiciones que intensifican la productividad del trabajo, no es apropiada exclusivamente por los terratenientes[19]. Parte de esa renta corresponde a los sistemas de comercialización, transporte y finanzas caracterizados por el predominio del capital extranjero.
Por cierto, los recursos financieros emergentes de la integración de la Argentina al mercado mundial capitalista tienen una importancia crucial en la formación de la clase dominante argentina. La valorización de las tierras inducida por la expansión agrícola y ganadera y la posesión de vacunos (que equivale a contar con un “capital semilíquido”) son los ejes de la captación de recursos financieros. De tal modo, el aumento del precio de la tierra y del ganado -efectos de la incorporación al mercado mundial- contribuyen al crecimiento del capital local y a la obtención de una voluminosa cantidad de dinero líquido[20].
También la modalidad adoptada por las exportaciones de capital de las burguesías de los países centrales concurre a la consolidación de una clase dominante asentada en una acumulación agroexportadora. En efecto, esas exportaciones se orientan a la realización de obras que facilitan la comercialización y el transporte de los productos argentinos en el mercado internacional. El notable incremento de los capitales ingleses permite la expansión del ferrocarril y la modernización del puerto de Buenos Aires.
Al mismo tiempo, y si bien las inversiones de capital británico son decididamente exiguas en el sector industrial, son de origen inglés los capitales que instalan los primeros frigoríficos. El resultado es la asociación del monopolio de la tierra con los capitalistas ingleses, los cuales participan en la producción de uno de los principales bienes exportables e influyen fuertemente en el comercio exterior.
Con la finalidad de exportar los productos del agro, los capitales extranjeros[21]abarcan no sólo los frigoríficos y los servicios públicos (ferrocarriles, gas, tranvías, teléfonos, subterráneos y energía eléctrica) sino también las compañías exportadoras de granos[22], los bancos, las compañías de tierras y las empresas marítimas que transportan la producción argentina. Proporcionan de esta forma los mecanismos comerciales y financieros para la movilización de la producción exportable y la distribución de importaciones en el mercado interno[23].
De tal modo, la Argentina nace como una formación nacional (hacia 880 se produce la definitiva consolidación del Estado) periférica y dependiente en el mismo momento en que a la forma de expansión del capitalismo por la exportación de mercancías se suma la exportación de capitales. Periférica y dependiente porque, para decirlo rápidamente, el proceso de acumulación del capital se deriva principalmente de la evolución de las formaciones sociales centrales, sobre todo de la de Gran Bretaña, quedando así supeditado a unas relaciones externas.
“La llamada coyuntura inversa, es decir, la relación inversa entre las fases coyunturales de Inglaterra y la de las naciones periféricas vinculadas a ella, posibilitaba que en las fases ascendentes de acumulación del Reino Unido (fuerte importación de materias primas, déficit comercial) se crearan condiciones de prosperidad en sus partenaires basadas en la importación de capitales provenientes de la metrópoli. Por el contrario, cuando en Inglaterra comenzaba la etapa depresiva, los capitales, atraídos por las mayores tasas de interés ofrecidas por las instituciones financieras británicas, retornaban a su país de origen descargando las consecuencias de la crisis en los países de la periferia. Gran Bretaña pudo así controlar los ciclos económicos en su propio beneficio dada su posición hegemónica en el comercio y las finanzas internacionales”[24].
Los ingresos de capitales y la cantidad de las exportaciones agrarias, pilares del funcionamiento de la forma de acumulación agroexportadora, dependen de las condiciones específicas de los mercados agrarios y de capitales de los países centrales. El resultado es, claro está, una marcada vulnerabilidad externa: el patrón de oscilaciones económicas (expansión-recesión) que se registra en la economía agroexportadora encuentra su origen en la variabilidad de las exportaciones y del ingreso de capitales[25].
Pero la forma de acumulación agroexportadora no sólo se basa en las constantes entradas de capitales y en la conservación de los mercados para sus exportaciones sino también en las importaciones de bienes manufacturados. En general, los artículos de consumo, excepto la carne vacuna y otros alimentos, se importan como así también casi la totalidad de las maquinarias y equipos. En cuanto a la estructura de las importaciones según las industrias de origen, la posición dominante la tienen, incluso a fines de la década del veinte, los productos textiles, el hierro y el acero[26].
De tal forma se crea un círculo vicioso que tiene por resultado una aguda subordinación del proceso de acumulación a las condiciones externas. Por un lado, ya desde antes de la primera guerra mundial, los servicios de la deuda son superiores al saldo de la balanza comercial. Por tanto, cada año se necesita de la entrada de nuevos capitales para evitar problemas en la balanza de pagos. Fodor y O’Connell señalan que en toda la primera mitad del siglo XX la corriente de servicios financieros (intereses, beneficios, amortizaciones) hacia el exterior supera la del capital ingresado al país[27].
Por el otro, no se pueden disminuir fácilmente las importaciones ya que contribuyen de manera decisiva a satisfacer el consumo interno. Representan de tal modo, al igual que los servicios de la deuda, una carga fija bastante inflexible frente a los ingresos de divisas que, por el contrario, son altamente inestables[28]. La vulnerabilidad se agrava además por el hecho de que los proveedores de divisas (principalmente, empresas cerealeras y frigoríficos conectados al comercio exterior) están concentrados y ejercen un fuerte control sobre las reservas de dichas divisas.
Además, el hecho de que en el mercado mundial se fijen los precios de los productos[29]y el destino de los capitales determina indirectamente qué conviene producir. Los centros industrializados tienen así poder de decisión sobre la organización interna de la producción.
Tal es así que al promediar la segunda mitad del siglo XIX la adecuación a las nuevas exigencias del mercado europeo conduce a la desarticulación de la incipiente economía exportadora apoyada en los cueros y el tasajo para dar paso al desarrollo de la ganadería ovina y la exportación de lanas. Cuando tiene lugar la abolición de la esclavitud en Estados Unidos (1865), en Cuba (1885) y en Brasil (1888), hasta entonces los mercados tradicionales de la exportación ganadera, comienza a declinar la exportación de carne salada argentina y adquiere primacía la crianza de ovinos merinos orientada a los mercados consumidores europeos que requieren para sus industrias de tejidos de lana larga[30].
La introducción de la conservación de carnes congeladas a principios de la década del ochenta produce el desplazamiento del merino: se lo comienza a reemplazar por otras razas o se lo mestiza con el objeto de obtener mejores rendimientos cárneos del ganado ovino. No obstante su pérdida de importancia frente al lanar, el ganado vacuno -convenientemente mejorado para adaptarse al gusto europeo- encuentra una salida merced al desarrollo de la exportación de ganado en pie sobre todo a Inglaterra[31].
Luego, entre 904 y 910, la intensificación de la introducción de reproductores importados, la prohibición de importación de ganado en pie establecida por Gran Bretaña desde 900 y el perfeccionamiento de los frigoríficos orientados a la exportación de carnes (ahora también producen carnes enfriadas) conducen al apogeo del vacuno fino, lo cual tiene un efecto adverso sobre el lanar hasta entonces predilecto de los ganaderos. Comienza entonces el predominio de las exportaciones de carnes vacunas congeladas y enfriadas.
Las nuevas técnicas frigoríficas y el mayor refinamiento del ganado van de la mano con el desarrollo agrícola más intenso y acelerado de la región pampeana. Esta expansión de la producción agrícola es significativa sobre todo si tenemos en cuenta que en los años anteriores a 880 es tan escasa que es preciso importar trigo y otros cereales para satisfacer el mercado interno y que recién en 890 logra abastecerlo. Sus causas son conocidas: el reemplazo de las mayor parte de las ovejas y de casi todo el ganado criollo por vacunos refinados, impulsado por la necesidad de satisfacer la enorme demanda de carnes de calidad del mercado europeo, obliga a alfalfar los campos y a roturar la tierra. La alfalfa, debido a su carácter perenne, aparece como el mejor medio para la implantación de pasturas que posibiliten el engorde final del ganado mestizado. Pero su implantación requiere de la previa preparación del terreno mediante la obtención de varias cosechas.
En el primer quinquenio del siglo XX comienza a darse, con el objeto de reemplazar los pastos duros por pastos blandos para el engorde del ganado vacuno, una complementación entre la ganadería y la agricultura a través del mecanismo de los arrendamientos[32]: las tierras se dividen en lotes y se arriendan para dedicarlas a la siembra del trigo y del maíz, dejándolas luego con alfalfa.
La producción agrícola no sólo crece en términos absolutos (en efecto, la superficie total sembrada de granos y forrajes pasa de 340 mil hectáreas en 875 a 6 millones en 900, a 20 millones en 913 y a 25 millones en 929) sino que finalmente alcanza en importancia a la producción ganadera (mientras que en 870 las exportaciones de productos agrícolas representan menos del 1% del total y las ganaderas el 80%, en 915 prácticamente se equiparan, constituyendo esto un fenómeno de largo plazo)[33].
Es el auge de la producción agropecuaria de exportación: en las décadas del veinte y del treinta Argentina exporta el 60% del maíz, el 40% del trigo y de la carne vacuna, aproximadamente, de las exportaciones mundiales de dichos productos[34]. Al tiempo que mientras que en 900 las exportaciones agropecuarias representan el 55% de la producción total de la región pampeana, hacia 929 la proporción crece hasta el 70%[35].
Ahora bien, y este dato es de vital importancia para comprender los posteriores problemas en torno al comercio de carnes, son las exportaciones cárnicas las que constituyen la base del comercio con Gran Bretaña. En efecto, en 914 mientras que del total de las exportaciones de trigo, maíz y lino argentinas se coloca en el Reino Unido el 19,6%, 10,4% y el 13,1%, respectivamente; las exportaciones de carneros congelados a ese país constituyen el 89,3% del total y las de carne bovina congelada y envasada el 83,5%[36]. En 925, mientras solamente el 10% del maíz y el 34% del trigo exportados por la Argentina tienen como destino Gran Bretaña, el 76% de todas las exportaciones de carne argentina, el 54% de la carne bovina congelada y el 99% de la enfriada son vendidas a Gran Bretaña[37]. En otras palabras, las exportaciones de carnes - sobre todo las de carnes enfriadas- se encuentran extremadamente concentradas en torno a Gran Bretaña mientras que las exportaciones de granos tienen una distribución más diversificada.
En fin, el desarrollo de una forma de acumulación asentada en el crecimiento de las exportaciones agropecuarias -posibilitado, a su vez, por la amplitud de la demanda mundial de las mismas- y en las inversiones externas contribuye a que la fracción asociada al comercio exterior y propietaria de las tierras puestas en producción (las cuales cuentan con las ventajas derivadas del humus pampeano, del régimen de lluvias, de la escasa distancia desde los lugares de producción a los puertos de embarque, etc.) ocupe un lugar central en la estructura de clases.
Mientras tanto, y en virtud de los mismos procesos que concurren a la consolidación de una alianza dominante que basa su desenvolvimiento en la dinámica de las exportaciones agropecuarias, se consolida una formación social dependiente que no controla internamente el proceso de acumulación.
La constitución y consolidación del Estado nacional
Si hay trabajos que advierten el papel que tienen los dos primeros procesos, el de la expansión y concentración territorial y el de la forma de acumulación agraria y exportadora, en la conformación de la clase dominante en la Argentina no puede decirse lo mismo en lo referido al rol del Estado. Y, sin embargo, se revela imposible comprender dicha conformación sin tener en cuenta el proceso de construcción del Estado nacional. En la incorporación de este aspecto constitutivo radica, creemos, buena parte de la relevancia de nuestra propuesta.

Desde nuestra perspectiva, es el Estado, a través de múltiples mecanismos, el que construye un terreno sólido de confluencia de los intereses de las distintas fracciones de la burguesía. Lo hace, sobre todo, interviniendo activamente en la consolidación de las condiciones necesarias a la forma de acumulación emergente, manteniendo el orden en todo el territorio a través de sus aparatos represivos, fabricando un discurso político e ideológico acorde a las nuevas condiciones y cohesionando la formación social[38].
La fuerte expansión de la demanda mundial de productos agropecuarios de clima templado y la disposición en la Argentina de tierras fértiles para esta producción no son condiciones suficientes para posibilitar el crecimiento de la producción y de las exportaciones agropecuarias. El Estado, que adquiere su consolidación institucional hacia 880, tiene un papel decisivo para asegurar el funcionamiento de la forma de acumulación agraria y exportadora. Sus acciones más importantes son las de garantizar la libre circulación de bienes y capitales, favorecer la expansión de la red de transportes orientada al puerto de Buenos Aires y otras obras de infraestructura, facilitar la puesta en producción de las nuevas tierras de la frontera, estimular la inmigración extranjera para obtener fuerza de trabajo y organizar un sistema jurídico monetario.
Pero ese Estado nacional no sólo es condición sino al mismo tiempo producto del proceso de expansión capitalista que toma la forma específica de una relación desigual entre una formación central (Inglaterra, luego también EE.UU.) y una Argentina periférica con una forma de acumulación satélite. Por un lado, el Estado tiene un papel constitutivo en la creación y reproducción de las condiciones y recursos necesarios a la solidificación del nuevo proceso de producción; papel que en sus inicios se traduce centralmente en la puesta en marcha de los aparatos represivos. Por el otro, aparece como producto de esa expansión: la multiplicación y especialización de las instancias estatales responden, en parte, a la necesidad de resolver los problemas que plantea el desarrollo de la nueva forma de acumulación[39]. En este proceso bilateral el Estado no condensa simplemente los intereses de la burguesía terrateniente sino también los intereses del capital internacional dominante y los de los demás capitales imperialistas.
A través de las acciones tendientes a la vigorización de la forma de acumulación agraria y exportadora, de la formalización de un discurso unificador (el del orden y el progreso sin límites) y del disciplinamiento y calificación de la fuerza de trabajo (escolarización, etc.), el Estado viene a cumplir un papel organizador específico respecto de las diferentes fracciones de la burguesía. Crea las condiciones propicias para el desarrollo y homogeneización de unas fracciones que ocupan lugares diferentes en el proceso de producción.
En efecto, la burguesía no se presenta constitutivamente unificada, esto es, no constituye una clase social con intereses homogéneos ya en el terreno económico. Si aparece dotada de cierta unidad es por la mediación del Estado: sólo entonces se constituye en un bloque con intereses comunes a pesar de sus contradicciones. Es la autonomía relativa del Estado respecto a cada fracción del bloque en el poder la que le permite asegurar la organización del interés general de la burguesía (su organización política), al tiempo que realizar compromisos con las clases dominadas.
Dicho papel del Estado nacional en la unificación de la clase dominante puede entenderse mejor si se toman en cuenta las relaciones de fuerza específicas que están en la base de la construcción de dicho Estado. Veamos.
La afirmación del Estado implica la monopolización de la violencia legítima, la consecución de los recursos necesarios a su funcionamiento y la reproducción y puesta en marcha de sus aparatos represivos e ideológicos. Los problemas que se oponen a ello a fines del siglo XIX son, entre otros, el control por parte de las burguesías bonaerenses (los terratenientes ganaderos y los comerciantes) de la renta aduanera, la ausencia de un ejército auténticamente nacional, el dominio de gran parte del territorio por los indios y la carencia de una residencia definitiva del Gobierno Nacional.
El roquismo (que representa la alianza entre las burguesías provinciales sin conexión con el capital extranjero y que concentra los apoyos de las corrientes populares del alsinismo bonaerense, los intelectuales del interior y el incipiente ejército nacional) resuelve uno por uno esos problemas produciendo la unificación nacional. A través del control del ejército, enfrenta el monopolio de la renta de las burguesías comercial y terrateniente ganadera bonaerenses[40] y la distribuye a todas las provincias al tiempo que obtiene una fuente de recursos (a la que se suman rápidamente los empréstitos extranjeros) para el desenvolvimiento y expansión del Estado nacional.
Los límites a la expansión de las fuerzas productivas requerida por las relaciones capitalistas mundiales (anarquía monetaria, población insuficiente, caminos intransitables, aduanas interiores, normas dispersas y contradictorias, etc.), son removidos por el Estado nacional. Éste, a través de los gobiernos con hegemonía roquista, interviene creando y fortaleciendo las condiciones que favorecen el proceso de producción dominante (construcción de nuevas vías de comunicación, imposición de leyes generales que regulan las operaciones comerciales y la propiedad de la tierra, expansión del aparato educativo y del sistema de salud, poblamiento del territorio, etc.). Pero, al mismo tiempo, impide la división soñada por Inglaterra (una Buenos Aires aislada del resto del país) y fuerza la situación de la unificación nacional contra la política de los comerciantes y terratenientes bonaerenses que la impiden desde hace décadas[41]. Esta es la gran tarea histórica que le cabe al Estado nacional surgido de la federalización de la ciudad de Buenos Aires impuesta por el roquismo del interior en 880.
No obstante, el roquismo en el poder pronto se encuentra preso de una antítesis irresoluble. Mientras que las fuerzas que lo integran defienden el proteccionismo estatal, los capitales internacionales - que juegan un papel indispensable en el financiamiento del Estado y en el desarrollo de las relaciones de producción vigentes- no se interesan por la industrialización como tampoco la burguesía terrateniente. La internalización de los capitales foráneos y el consiguiente desarrollo de las fuerzas productivas termina produciendo la vinculación entre las burguesías provinciales (representadas por el roquismo) y las burguesías portuarias (representadas por el mitrismo). Toma forma la “oligarquía”.
A medida que se solidifica la vinculación entre las burguesías provinciales y las portuarias, dando lugar a la configuración de una clase dominante verdaderamente nacional, se da un desplazamiento de las fuerzas populares tradicionales hacia un nuevo movimiento nacional que gira en torno del radicalismo yrigoyenista. El programa yrigoyenista del sufragio universal, el cumplimiento de la Constitución Nacional del 53 y la realización de elecciones libres y transparentes constituye un eje aglutinador importante en un momento en que sólo unos pocos participan efectivamente de la lucha política. En esta nueva fuerza nacional encuentran su expresión las clases populares y criollas así como los nuevos argentinos hijos de la primera generación de inmigrantes.
El yrigoyenismo representa fundamentalmente a los productores agrícolas y ganaderos desvinculados del mercado mundial y enfrentados a la “oligarquía” terrateniente y comercial. Su principal apoyo popular está constituido por el peón rural. Pero también incorpora a su proyecto a otras clases
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